Colmenas en resistencia para salvar a las abejas nativas de Perú frente a la pérdida de bosques
Una tras otra, las abejas sin aguijón regresan a la caja de madera. Algunas traen polen pegado a sus patas traseras; otras, néctar en sus buches. Entran al nido, desaparecen por un instante y emergen de nuevo. Son pequeñas, discretas e incapaces de volar más allá de unos pocos cientos de metros. Las Meliponini dependen de que todo esté cerca. Su mundo está atado al bosque que han polinizado durante millones de años.
Pero ese mundo se encoge. Para encontrarlas en Perú, hay que caminar más de dos horas entre campos abiertos y tierras deforestadas hasta alcanzar los árboles más altos. “Los nidos silvestres solo resisten donde aún hay bosque virgen”, dice Heriberto Vela, meliponicultor de 58 años de San Francisco, una pequeña comunidad indígena sin carreteras ni señal en Loreto, en el norte de la Amazonia. A orillas del río Marañón, los kukama kukamiria han construido pequeños santuarios de madera. Los cuidan para protegerlas de las Apis mellifera, abejas traídas por los colonizadores desde Europa y extendidas por todo el continente, capaces de prosperar donde las nativas no pueden. Los cuidan para resistir.

